La cometa como extensión ontológica del Homo Faber
JORDI Y SU COMETA
Desde el ventanal de Meteorología vemos a Jordi con una de sus cometas. Nos hemos acostumbrado a no asombrarnos de su incansable capacidad para construir prototipos: Nasas, trenes de hasta treinta cometas, dragones chinos… esta vez es una Revolution mejorada que acaba de terminar, la cuarta o la quinta, creo. Desde donde estoy veo solamente la cometa. Sube, baja, revolotea, planea en nítidos trazados, casi tocando el suelo, para subir de repente en perfecta vertical… la cometa de Jordi dista mucho de la imagen prototípica del artefacto sencillo que se funde en el viento para oscilar pasivamente con él. No. Sus idas y venidas, precisas, dan la sensación inequívoca de algo que se mueve con un propósito, como si tuviera voluntad propia. Es algo más que un juguete para niños. Es Una Revolution con cuatro hilos, nada menos. Una auténtica manifestación de la capacidad humana para construir los más sofisticados artefactos, prodigios de sencillez y diseño destinados a exprimir hasta los más pequeños desplazamientos de la masa atmosférica para hacer surgir la belleza del movimiento desafiando la gravedad.
Si desplazo mi silla de ruedas a un lado veo a Jordi, pero solo a él, que con gesto seguro gobierna los mandos de la cometa, a la que no veo. Si me voy al otro lado, veo la cometa, pero no a Jordi. Por un lado Jordi, por el otro la cometa. Cualquier parte del universo implica a todo lo demás, como dijo alguien, tal vez Borges, y no solo lo supone, sino que incluso lo contiene. Y ahí mismo, con los aviones perfectamente ordenados en la inmensidad de la pista de rodadura de fondo, la imágenes separadas y sin embargo firmemente vinculadas de Jordi y de su cometa, sugieren y revelan con singular nitidez el misterio de la causalidad y de nuestra capacidad de actuar sobre, y bajo, la realidad.
Arriba, abajo, trazando “eses”, retozando sobre el viento la cometa por un lado; concentrado, avanzando o retrocediendo levemente, en cada mando un mando doble que mueve sin cesar con gestos seguros y firmes, como poseído por un extraño frenesí, Jordi por el otro. Unidas ambas figuras por los hilos. Hilos que casi no se ven, y que siempre han representado las determinaciones de la realidad. Se dice: “Los hilos del destino” “los hilos del poder”. Moviéndome ante la ventana me divierto aislando los dos elementos: Veo a Jordi, braceando sin cesar en una especie de danza fantástica y sofisticada, cuyo objeto no está a la vista. Sin embargo la convicción y la seguridad de su movimiento nos disuaden enseguida de estar ante algún tipo de extraña locura. Es el operario humano, el homo faber , actuando con y sobre las cosas del mundo, pero cuya acción en ese momento se desarrolla fuera de nuestro punto de vista, virtualmente en otra realidad. Su concentración lo delata; basta ver su fija mirada para saber que no está donde está… su cuerpo; está donde quiera que esté lo que está haciendo. Su cuerpo está ahí, pero no su conciencia. Para él no existe en ese momento más que su cometa y el viento. Su “Yo” está en ese momento retozando en el aire, mas allá de nuestro campo visual, mas allá de nuestra realidad. Y sin embargo lo vemos desplazarse por el irregular terreno sin vacilar ni tropezar. O sea que queda suficiente cantidad de su “Yo” ahí como para dirigir su movimiento con eficacia y seguridad. Pero sus ojos nos dicen sin ningún género de dudas que su “Yo” consciente, la mayor parte de su “Yo”, está completamente fundido con algo que no está ahí, en nuestro campo visual, en algo por lo tanto que para nosotros no existe…pero que para él sí.
Volvemos a desplazarnos un poco sobre nuestra silla para cambiar el ángulo de visión. Ahora vemos de nuevo la cometa, pero no vemos a Jordi. Sube, baja, revolotea; ahora traza una trayectoria horizontal perfectamente recta, parsimoniosa, para de repente girar 90 grados y ascender como cohete a toda velocidad, y de pronto quedarse parada en l o mas alto… y así una vez y otra. Si no supiéramos que hay unos hilos, que por cierto no se ven, y que hay un ser a otro lado de esos hilos, creeríamos estar ante un fenómeno sumamente extraño; por ejemplo un extraterrestre curioso e ingenuo, cuyos sistemas de observación le permitiesen ver solamente a la cometa, creería estar ante un ser vivo, una inteligencia sofisticada y juguetona, que aprovecha con gran habilidad el movimiento de la atmósfera para desplazar.
No es una cuestión racional. No hay libro de instrucciones para hacer eso. Le gritamos divertidos “¡Jordi! ¿Como diantre consigues ese dominio de la cometa?”. Él se ríe: “Cuestión de horas…”. Cuestión de horas practicando, ensayo y error, una vez y otra, un día tras otro, permitiendo que su cuerpo, que su “hacer” se vaya fundiendo con la cometa, se vaya “haciendo con ella”, sintiendo que se es cada vez más hábil, hasta que ya la maneje como si fuese una extremidad más. Hasta que ya no necesite hacer esto o aquello para que la cometa suba, sino que senciallamente “suba” con un acto directo de la voluntad, que instantáneamente se transmite a la cometa. Más allá de la mente, más allá de la razón, hombre, cerebro, tela, hilos y viento se funden en un solo acontecimiento, en una sola danza de la vida recreándose en sí misma, en sus propias posibilidades.
Especulaciones de una mente especuladora y ociosa. En realidad sabemos que hay unos hilos, y que en un extremo de los mismos está Jordi, y en el otro su cometa. Ninguno de los dos es comprensible por separado: Jordi con su braceo incesante y decidido, y la cometa con sus recorridos precisos forman en realidad una sola cosa. El braceo de Jordi es inexplicable sin la cometa, y los movimientos de la misma lo son sin la acción de Jordi. La prodigiosa plasticidad de la mente humana permite esa fantástica focalización de la actividad, hasta el punto preciso de que en ese momento Morella no se acuerda de sus brazos, ni de sus pies que lo afirman en el inseguro suelo, ni de sus rozaduras, ni de su vista cansada, ni de sus problemas en el trabajo, ni de su familia… Jordi en ese momento ES su cometa. Es él el que sube, el que baja, el que planea graciosamente sobre el suelo, el que asciende como una flecha, el que se cierne en el aire fluido como un halcón… Su identidad en ese momento está centrada en su cometa. Él y ella son una sola cosa. Como el núcleo y el citoplasma de una célula, son inseparables, e inexplicables el uno sin el otro, aunque asignemos a una parte la función directora, y a la otra la función efectiva.
La identidad de Jordi viaja por los hilos de su cometa, hasta convertirla en una parte de él.
Francisco Derqui Torrejón, 20.11.04. |
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